Ejercicio de los estudiantes en derechos humanos UPTC
Este blog está dedicado a la producción y difusión del pensamiento social. Por: Diego Mauricio Higuera Jimenez en colaboración con el Semillero Justicia Social "Veritas Est Font Libertatis"
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viernes, 15 de noviembre de 2019
Proceso de paz, un compromiso
Ejercicio de los estudiantes en derechos humanos UPTC
EXPRESIONES DE PAZ
Nuestro
país se ha desangrado con la violencia y el conflicto armado que hemos vivido y
que aun continúa apangando la vida de muchos inocentes. ¿Cómo puedo contribuirá
través de expresiones para que haya paz?
De
manera colectiva podemos contribuir, cambiando y respetando nuestras actitudes
hacia la otra persona y como docente que soy desde las aulas de clase en el
área de cátedra de paz inculcar a los estudiantes desde ya construir una sana
convivencia inculcando valores donde aprendan
a aceptar las diferencias de cada persona, contribuyendo para que se empiece a
transformar una cultura de paz.
La
sociedad en general debe contribuir a transformaciones de paz en nuestro país y
de qué manera desde las familias es importante que se empiece a construir
cambios donde no haya violencia de ningún tipo, exista buena comunicación y
generando conciencia en cada uno desde el mas pequeño hasta el más grande de la
familia, para que así mismo actué en su ámbito ya sea laboral, en el colegio o
en el barrio.
Por
otra parte el estado debe velar para que se respeten los derechos humanos,
igualmente contribuir eliminando toda clase de injusticia, velar para que no
haya pobreza, desempleo, hambrunas, ya que estos y otros factores impiden para
que no haya una cultura ciudadana de paz. El estado debe ser el primero en
respetar todos estos aspectos desafortunadamente el gobierno que tenemos hoy e
día es uno de los principales violadores de los derechos humanos. Como
cambiamos esto contribuyendo desde las aulas y las familias el respeto,
tolerancia y cero violencia en la sociedad.
EL TEJIDO DE LA MEMORIA COMO EXPRESION DE UNA PAZ EMANCIPADORA
La guerra vivida ha dejado huella sobre los campos y ciudades en las cuales además
de haberse transformado anliz del flagelo hay miedos que persisten, heridas que
siguen abiertas, y violencias que demarcan la costumbre que nos ha cogido
desapercibida para naturalizar cada acto de injusticia.
Frente a esto muchas organizaciones han recogido narraciones en busca de restituir la
venganza por esperanza pero en momentos cuyunturales no han encontrado cabida
para una memoria que construya no solo múltiples miradas del conflicto sino que
habrá caminos verdaderos para acabar con la polarizacion política y la fragmentación
de nuestra identidad como colombianos.
Es por ello, que a luz de esto pienso que se deben generar expresiones de paz que
busquen recuperar la confianza en la institucionalidad y construir el Estado
entramando un tejido de territorios para permitir capacidades para la tolerancia que
erradiquen los discursos de odio que permean nuestra sociedad.
De la misma forma, es necesario que la palabra pedagogía para la paz se potencialice
alcanzando nuevas formas de enseñar con enfoques innovadores que permitan
articular momentos cognitivos con emocionales fortaleciendo el tejido social basado en
la solución de problemas.
El protagonismo de la memoria como expresión de paz debe permitir que no tan sólo
sepamos que pasó con los que directa e indirectamente vivieron el conflicto, no tan
sólo se alcen en sí monumentos y memoriales que no contienen las voces
reconciliadoras de todos, si no debe generar reconocimiento de las luchas y
resistencias de el nuevo retornar de las víctimas, edificar procesos que eviten caer en
la indiferencia y deshumanización, y reparación a través de prácticas transformadoras
que consoliden autogestión social y democrática.
Entonces, vemos que la memoria se puede instaurar como un dispositivo
emancipatorio, permitiendo que las vivencias en estos ciclos de guerra también
conlleven una transición a que las víctimas, la sociedad civil y de hecho también
algunos victimarios se enfoquen en la replicación de conocimientos comunitarios,
oficios para la construcción de su plan de vida después del conflicto, el reconocimiento
de saberes pluriculturales, para así promover la construcción de tejido social en base a
las dificultades, potenciales y resilencia, en donde habrá que tener en cuenta la
importancia de fortalecer identidad colectiva y la concepción de dignidad humana, de
la vivencia de los derechos humanos, de la posición de igualdad desde la diferencia
para la construcción y participación activa entendiendo que el Estado no es el único
reparador y que la sociedad también
EDUCAR PARA SER ACTORES DE PAZ
Cabe señalar que los comportamientos humanos no son una fatalidad biológica o
herencia genética, sino que son aprendidos socialmente y, por lo tanto
modificables y mejorables.
Por tal razón se debe educar para permitir una convivencia más justa y pacífica.
Mi compromiso como docente es generar normas de convivencia, promover
participación activa, garantiza3r los derechos humanos, educar para las relaciones
sociales, educar en valores entre otros involucrando a toda la comunidad
educativa. Para promover actores de paz con capacidad de iniciativa, capaces de
enfrentar retos y adversidades, con responsabilidad, ética y actitud crítica,
rechazando el odio y la venganza para obtener una cultura de paz rescatando la
justicia y la verdad.
Taller estudiantes maestria en derechos humanos UPTC
COMO SE CONSTRUYE UNA FORMULA DE PAZ (Relato de expresión de paz)
Respetado profesor Diego, después de muchas vueltas para dejar mi imaginación al desgaire
narrativo pero con algún sentido, me encontré que en las lecturas propuestas por usted, hay una
multitud de componentes que provenían de las percepciones de los prohombres de las naciones
del orbe, por las cuales llegamos a decir que el mundo se esperanza en el final del conflicto
armado en Colombia y su optimismo reflejo.
Se me ocurrió que esas diversas manifestaciones esperaban el ejercicio de articularlos con el hilo
de Ariadna que construye la fórmula de la paz o -por lo menos-, la metodología que da respuesta a
cuatro sencillas preguntas, a lo que he procedido de manera libre, procurando –sin embargo- ser
cuidadoso para no afectar la esencia de sus dichos:
Primera pregunta: ¿De qué manera se llegó a la idea de la concertación?
Mediante la constatación de la vigencia del refrán popular sobre que “No hay mal que dure cien
años ni cuerpo que lo resista”, y ese mal en nuestro caso lo representó la violencia frente a la cual
el Arzobispo Desmond Tutu acotó que “Es una bendición querer superar la violencia”, porque el
terrible precio de la violencia es la violencia perpetuada, con secuelas en lo físico, en las almas y
en los corazones heridos.
Y la implicación básica de este planteamiento la revela el Papa Francisco, al valorar que “esa larga
noche de dolor y violencia, se transforma en un día sin ocaso, de concordia, justicia, fraternidad y
amor en el respeto, con la voluntad de todos los colombianos”, en pro de la institucionalidad, del
derecho nacional e internacional y de la paz duradera, prefigurando un deber histórico sobre el que
llegó a sentenciar que “En este camino no tenemos derecho a permitirnos otro fracaso”.
Segunda pregunta: ¿Cómo se logró el apoyo internacional que a la postre resultó
fundamental en la concreción del Acuerdo?
Ban Ki-moon dijo que “en el 2011 visité Colombia y la paz parecía una posibilidad remota, pero tres
años después es un privilegio participar en la construcción de una paz estable y duradera luego de
50 años de enfrentamientos, lo que representa un acontecimiento histórico porque haber decidido
dialogar es un ejemplo para tantos conflictos que enfrentamos en el mundo”.
En este contexto cobra relevancia que Barack Obama haya pronunciado “al próximo capítulo de
nuestra sociedad lo llamaremos Paz Colombia, ya que Estados Unidos ha sido socio de Colombia
en tiempos de guerra, y seremos su socio para forjar la paz.”
Tercera pregunta: ¿Qué características tuvo el prim,er paso del acuerdo, si se considera que
el paso mas difícil en un largo camino es el primero, según el famoso proverbio oriental?
Los antiguos escritos prescriben insistentemente que “todo es mente”, y lo primero era
convencernos de que la paz es posible y con ello nos ubicamos en el comienzo de la construcción
de paz, por acatamiento del dicho popular sobre que “El que pierde la esperanza lo pierde todo”.
La otra parte de concebirlo como una expectativa realizable, se refiere al cómo hacerlo, y eso
queda claro en la apreciación del Taita Andrés para quien “aquí, los kamentsa del putumayo ya
sabemos cómo se construye la paz”, porque la paz se construye en los territorios, donde hay que
protagonizar la transformación de las condiciones de vida expresando con libertad lo que se quiere,
sin la mordaza de la guerra.
Cuarta pregunta: ¿Cómo va a cambiar mi vida con los Acuerdos de paz, si no resuelven
todos los problemas en los territorios?
Por el surgimiento de nuevas oportunidades económicas, educativas y laborales y, sobre
todo, porque ya no existirán más víctimas por el conflicto armado.
Porque son la oportunidad para construir soluciones de manera pacífica a cada problema.
Por la necesidad de mancomunar, pues construir soluciones eficaces solamente lo
podemos hacer entre todos. (“Si quieres ir rápido, ve solo. Si quieres llegar lejos, ve
acompañado”)
Por el obligado aprendizaje del trabajo en equipo, pues la construcción de paz en los
territorios requiere articular a: autoridades - organizaciones sociales – empresarios –
academia - comunidades religiosas - ciudadanía en general.
Por el adiestramiento en la configuración de espacios de diálogo y de concertación en los
que con esas alianzas podamos construir un nuevo imaginario social.
Por el reconocimiento de los artificios de la naturaleza en nuestra psiquis para
reconciliarnos, pues “logramos sobrellevar el pasado por un artificio en la memoria del
corazón, que elimina los malos recuerdos y magnifica los buenos.” Gabriel García
Márquez.
Por aprender a confiar y brindarla para compartir y convivir en la reconciliación, lo que
demanda reparar las relaciones entre vecinos, reconciliarnos con quienes piensan distinto
a nosotros y asumir como valor supremo la defensa de la vida.
Por aceptar el reto de crear una cultura de paz, lo que implica clarear qué tenemos que
cambiar en nuestra manera de Pensar – Decir y - Hacer las cosas, para poder vivir en paz.
Todo aquello que entraña manifestaciones de violencia para proscribirlas
Superar las tendencias o formas de aprovechamiento del débil (‘el vivo vive del
bobo’)
Privilegiar las expresiones de solidaridad señalando el interés egoísta (‘cómo voy
yo ahí’)
Respetar y hacer respetar lo público (‘que robe pero que deje’)
Identificar que la existencia tranquila y pacifica solamente se alcanza en
comunidad.
Ejercicio de los estudiantes de maestria en derechos humanos UPTC
Un Dia
UN DIA…
En una casa, en las montañas de una región exuberante de árboles y
animales habitaba una pareja de abuelos que, por cosas de la vida cuidaban
a sus dos bellos nietos Jacobo un niño con los ojos grandes inteligente y muy
ágil y Eva Luna una niña inteligente y feliz su cabello ondulado y negro
permanecía siempre enredado por que no paraba de jugar con su hermano
de árbol en árbol, imaginado que estos gigantes, eran sus carros, casas o
simplemente sus culombios. Todas las mañanas Doña Raquel y Don Braulio,
se despertaban felices porque lo tenían todo, sus tres vacas le
proporcionaban la leche para el chocolate que no podía faltar, sus gallinas
los buscaban sin falta cada mañana para recibir el desayuno, además tenían
el amor infinito de sus dos nietos, los cuales le profesaban un amor y cuidado
mutuo. Un mañana de verano los niños salieron a la escuela de la vereda,
para Jacobo era su primer día de clase para Eva Luna su tercer año, la
escuela quedaba a 30 minutos de camino, un camino que se convertía en un
patio de juegos y gritos de los niños en el camino iban recogiendo a sus
compañeros, Luisa, Leidy, y Nicolás el más grande de ese grupo. Al llegar a
aquella escuela de color verde y blanca con las tejas un poco viejas por el
tiempo y el clima de aquella zona del trópico, con una cancha de cemento
que quedaba en la mitad de la escuela con flores y árboles. Su profesora
nunca les faltaba, todas las mañanas estaba esperando a la misma hora
para enseñarle un poco de la ciencia, la naturaleza, las matemáticas entre
otras actividades que estaban en el currículo. Pero ese día ella nunca llego a
su sitio de trabajo los niños un poco sorprendidos por la ausencia de la
profesora decidieron regresar a casa, en el camino encontraron unas raras
huellas de un animal grande, la curiosidad de Nicolás, Eva Luna y de Jacobo
hizo que este grupo de niños se desviaran de su camino, el que los llevaba a
sus casa; comenzaron a entrarse en el bosque tupido y siguiendo el rastro de
este animal que llamaba la curiosidad de este grupo de niños, pasaron la
quebrada, caminaron y caminaron, cuando se dieron cuenta los niños
estaban perdidos, y el hambre del medio día los hizo caer en cuenta que era
hora de regresar a sus casas, asustados los niños comenzaron a gritar para,
que alguien les respondiera, pero ese modo de comunicación nunca
funciono, pero lo que encontraron fue una osa con sus dos crías dispuesta a
defenderlas, los niños gritaron esta vez del susto que les provoco encontrar a
la osa furiosa por estos curiosos, y del susto, todos en poco tiempo estaban
trepados a un árbol, Leidy de miedo no puedo contener la risa, mientras que
2
Jacobo lloraba, Nicolás, trato de calmar a sus compañeritos, allí estuvieron 1,
2 o 3 horas y la osa con sus oseznos desapareció, para ese momento los
padres y abuelos de los niños tenían una mezcla de rabia y preocupación por
la ausencia tan prolongada de sus pequeños. Toda la comunidad salió a
buscar a sus niños, que estaban perdidos en el bosque, Nicolás mientras
tanto iba recorriendo el camino en su mente y así llevo a sus compañeros al
camino, principal, allí lo esperaba su familia y la familia de todos, con un
poco de ruido por el momento, de sentimientos encontrados de rabia y
alegría su padre un hombre sabio, llevaba una ramita de esas que se
encuentran los adultas por ahí, y en el mismo instante decidió, atinar a las
nalgas de este niño que le había, propinado el susto más grande de su vida.
Después de este acto tan bochornoso para Nicolás, su padre y madre lo
abrazaron como la primera vez que lo vieron, para los otros cinco niños y
niñas la cosa no cambio mucho, sus padres y abuelos los abrazaron entre
regaños y murmullos, de un castigo en casa, pero todo cambio cuando por
segunda vez en el día vieron a esa osa quien había incitado a su curiosidad,
ella majestuosa y hermosa les regalo el día más singular de vidas, ella se
paseó y todos ellos se quedaron congelados viendo su bellas formas y a sus
tiernas crías paso por allí y nadie dijo nada, nadie grito, ella paso y regreso a
su casa, como todos ellos, regresaron con una cara de sorpresa y alegría por
el momento tan lleno de emociones, y así termino otro día, en una de las
zonas más pacificas de la tierra. Los abuelos tenían de regreso a sus nietos,
y esa noche en casa de Doña Raquel y Braulio, estuvo llena de anécdota, al
igual que en la casa de sus compañeros.
Esperamos ver un País en Donde los niños puedan vivir una infancia entre
cantos, juegos, grito y alegría, donde sus derechos sean respetados; cuando
los fusiles dejen de sonar, y el único llanto sea de los padres y madres sea
de alegría por volver a ver a sus hijos.
Ejercicio de los estudiantes en maestria de derehos humanos UPTC
lunes, 10 de septiembre de 2018
POEMA DE BORGES
“Furtivo y gris en la penumbra última, va dejando sus rastros en la
margen de este río sin nombre que ha saciado la sed de su garganta y cuyas
aguas no repiten estrellas. Esta noche, el lobo es una sombra que está sola y
que busca a la hembra y siente frío. Es el último lobo de Inglaterra. Odín y
Thor lo saben. En su alta casa de piedra un rey ha decidido acabar con los
lobos. Ya forjado ha sido el fuerte hierro de tu muerte. Lobo sajón, has
engendrado en vano. No basta ser cruel. Eres el último. Mil años pasarán y un
hombre viejo te soñará en América. De nada puede servirte ese futuro sueño. Hoy
te cercan los hombres que siguieron por la selva los rastros que dejaste,
furtivo y gris en la penumbra última.”
Un
Lobo
Jorge
Luis Borges.
sábado, 11 de agosto de 2018
Un hombre alado extraña la tierra
Sos aquello que de la vigilia nos queda,
El paisaje más soñado: un incendio,
Envuelto en una bocanada eterna,
Con acordes de Orfeo eléctrico.
Eternamente insomne, inquieto, genio brillante,
A veces cantas a besos escribís,
Cerati, regresá en esta noche de música ligera,
Aférrate a este juego de seducción.
Mientras pasa el temblor, una voz que se agita
Y como si nada fuera personal, me preguntás:
¿Querés ser prófugo? Mi corazón me delata
Escuchá mis átomos desordenados.
Bienvenido eres a la gran fiesta del Rock.
Quiero creer que sos el anfitrión de este barco a la deriva
Y un hombre al agua me repite: Usá el amor como un puente.
Grande Gustavo, gigante sos,
A vos Gracias totales.
El paisaje más soñado: un incendio,
![]() |
| Gustavo Adrián Cerati |
Con acordes de Orfeo eléctrico.
Eternamente insomne, inquieto, genio brillante,
A veces cantas a besos escribís,
Cerati, regresá en esta noche de música ligera,
Aférrate a este juego de seducción.
Mientras pasa el temblor, una voz que se agita
Y como si nada fuera personal, me preguntás:
¿Querés ser prófugo? Mi corazón me delata
Escuchá mis átomos desordenados.
Bienvenido eres a la gran fiesta del Rock.
Quiero creer que sos el anfitrión de este barco a la deriva
Y un hombre al agua me repite: Usá el amor como un puente.
Grande Gustavo, gigante sos,
A vos Gracias totales.
sábado, 19 de mayo de 2018
Carta a una señorita en París ..... Julio Cortázar
Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar… Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.
Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá… Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.
Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.
Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.
Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro… entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y… Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable… Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo… y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.
Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo… Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)
Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas… ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.
Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.
Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.
Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.
De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)
Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.
Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.
Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.
No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.
Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad.
Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).
A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si… para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.
Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces… Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.
Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.
Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.
He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo… En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.
martes, 8 de mayo de 2018
Cuarteto de la trouble maker
Del día de su nombre para sobrecoger,
A aquella
que otrora inicia su monitoria.
De carga díscola
y pasión por la historia
Para las causas ciudadanas interponer
La disciplina y la constancia le van a favorecer,
para poder continuar la línea sucesoria,
y reemplazar a los grandes en su trayectoria.
La causa
y el camino de la Trouble maker
martes, 5 de septiembre de 2017
A Diana .... qui nous aimons

La historia del mundo contada
en
la radio durante 45 minutos,
Con
pasión narrada,
De
la cultura hecha tributos.
Los libros, los mejores aliados,
Los
audiolibros apropiados,
Queda
la invitación abierta
A
darle la vuelta al mundo en 25 mitos.
¿Por qué no Viajar con la lectura ?
Perderse
en la historia es encontrarse
Pues
debe con altura contarse
La
historia de las civilizaciones.
Los griegos y romanos,
Dioses
y mundanos,
De
la edad antigua y media,
Hasta
la ilustración y la revolución francesa,
Los
Protagonistas del mundo
En
series se profesa.
Y como no señalar
África
nuestra tercera raíz,
En
el pasado buscar
La
cultura de nuestro matiz.
Los pueblos para cambiar su historia
Tienen
que creérsela,
Saber
de dónde vienen los momentos
Que
marcaron el mundo contemporáneo
Lleva
a confirmarnos que no existen pueblos condenados la guerra.
Hoy la Contracultura vive,
Seamos
realistas, pidamos lo imposible,
Los
movimientos sociales sobreviven
La
injusticia se hace incomprensible.
Jóvenes temerarios, problemáticos,
Irreverentes,
llamados a transformar el mundo, dejemos de ser apáticos
La
utopía sale de los días más oscuros.
Diana historiadora,
Filosofa
y cazadora,
La
narradora Artemisa
De
casa de la historia.
Pacifista y soñadora
Constructora
del proyecto del civilización,
De
su propia valia forjadora,
Periodista
del pensamiento fecundo.
Transmitiendo
el legado del mundo.
La historia nutrida de fantasía
De
viajes y utopías,
La
eterna contadora sublime
Gracias
Diana Uribe !!
miércoles, 23 de agosto de 2017
La suma de dos laberintos infinitos
El Universo que unos llaman Bibliotecaes por otros retratado como escaleras,
llevados por mentes que se proyectan incansables.
Compuesto quizás de un número indefinido,
de escalones hexagonales proyectados al infinito,
pisos inferiores y superiores interminables.
Galerías, gabinetes, anaqueles , espejos
avanzan de izquierda a derecha,
espirales, zaguanes, puertas, perchas
de derecha a izquierda van a lo lejos.
Superficies infinitas ven ciegos peregrinando,
bibliotecarios empolvados, subiendo y bajando,
buscando un libro del catálogo de catálogos,
transcurren los días y lugares análogos.
De La Biblioteca interminable
navegando por sus salas inaccesibles,
Eternos, taciturnos, seducidos por el Universo
enigmático y sublime que inspira este verso.
De Irrepetibles versiones de la Biblioteca.
De realidades multiplicadas entrega
El universo justificado por el misterio
Anulado y afantasmado por la reino
Indescifrable laberinto, enigmático y profundo,
El todo creado en si mismo mediante confesiones.
De espacio y tiempo… de Escher y Borges,
T.M.
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